Hace ya bastantes años viajamos a la India del sur con un grupo de amigos. Ellos se encargaron de organizar un viaje de 23 días con una agencia de viajes local. Recuerdo nuestra llegada a Bombay, al hotel después de pasar parte de la noche en un avión, con el cansancio de haber tenido que hacer un vuelo con escalas y de no haber dormido casi nada en el avión. En el hotel nos encontramos con nuestro guía local que nos dice: “bueno podéis ir a vuestra habitación para cambiaros y ducharos. Nos vemos en el vestíbulo del hotel dentro de una hora”. Marc y yo pensamos, ¿Cómo? Sólo una hora, ¿no vamos a descansar después de haber pasado una noche sin dormir? Y uno de nuestros amigos del grupo nos contestó: “hay que aprovechar el viaje, que aquí ya no volveremos. Sólo vamos a estar dos días en esta ciudad”.

Este ejemplo ilustra lo que nosotros mismos hemos repetido en diversos viajes en el pasado, viajar deprisa, con planes de viaje llenos de visitas y actividades, sin holgura, sin momentos de descanso, sin posibilidad de saborear un poco aquello que estás viendo, de pensar tengo que aprovechar porque aquí ya no volveré.

El ritmo de vida acelerado que llevamos y que se origina en el mundo anglosajón con el conocido “American way of life” se ha traslado el mundo de los viajes.

Muchos de nosotros tendemos a viajar deprisa siguiendo el modelo denominado “fast travel” en inglés. Pero al acelerar el ritmo de los viajes, a veces, un viaje se convierte en una carrera maratoniana para visitar los monumentos clave de un lugar, hacer una cruz en un mapa o hacerse un “selphie” para subirlo a Instagram y ser la envidia de nuestras amistades.

Pero este modelo rápido de viajar que muchos hemos practicado no liga bien con los niños. Cuando nació nuestro primer hijo seguimos viajando, eso si procurando buscar lugares y actividades que le pudieran interesar. Pero al nacer nuestro segundo hijo, nos dimos cuenta de que teníamos que cambiar la manera de viajar. Hacer un plan de viajes apretado porque los días que tenemos son limitados no iba a funcionar con los peques. ¿Por qué?. Pues porque los más pequeños tienen un ritmo diferente al nuestro. No se sienten cómodos con las prisas. De hecho las rechazan enérgicamente. Ellos viven, sienten, tocan y juegan sin importarles los horarios. Si el lugar en el que están les gusta y se sienten bien, no les importa pasar allí la mañana o el día entero (¡o incluso pueden pedir repetir!). No les importa si dentro de treinta minutos abre el castillo que papá y mamá quieren visitar. Con lo que gracias a nuestros hijos nos hemos pasado sin saberlo a otra forma de viajar diferente que es conocida como “slow travel” o viajar despacio.

Aunque nuestra introducción al slow travel haya sido espontánea, retrospectivamente, y comparándola con el “fast travel” que practicábamos años atrás, podemos comentar algunas limitaciones de esta forma de viajar.

  • Plan de viajes apretado o muy apretado que provoca en algunos casos que a la vuelta te coja un “patatús” o te tengas que quedar echo polvo el el sofá de casa para recuperarte.
  • Viajes mal dimensionados en el tiempo que impiden que se cumplan las expectativas iniciales porque no se dispone de suficientes días para verlo todo.
  • Estrés, malhumor y agobio si se produce algún contratiempo (que a menudo suceden) y que imposibilitan visitar todos los lugares planeados.
  • Pocas vivencias verdaderas del viaje.
  • Encontrar zonas o destinos masificados que hacen que la experiencia del viaje se vaya al garete.
  • Conocer y hablar con los locales. escuchar lo que tienen que decir, conocer su visión del mundo.
  • Y una larga lista…

Imagina que estás en un pueblo francés del Périgord Noir pasando unas semanas con tus hijos. Te alojas en una gîte en el campo. El propietario te ha indicado al llegar los días y nombres de las poblaciones próximas en los que hay mercado. También te ha comentado que a finales de semana tendrá lugar una fiesta local. Imagina que vas al mercado para comprar los productos frescos de proximidad y productos locales que necesitarás para elaborar la comida de toda la familia. Foie, queso de cabra, dulces de nuez son algunos de los productos que has comprado. Una mañana decides hacer una excursión en canoa por el río Vézère y tras acabar la excursión te sientas en un bar local para tomar un helado artesano con tus hijos. Después vuelves a la gîte para pasar la tarde tranquilamente en el campo viendo los preciosos paisajes del Périgord y la puesta de sol. ¿Qué te parece este plan?. Es un plan de un viaje slow.

En oposición al modelo rápido de viajar, nuestros hijos nos han introducido a una alternativa mejor. Es el slow travel o viajar despacio. El escenario anterior es una descripción de un día tranquilo en uno de nuestros viajes con niños.

El slow travel es una de las ramas del movimiento slow (lento en inglés). Este modelo que ahora está de moda con el slow food (comida lenta), slow life (vida lenta) etc. tiene sus orígenes en la década de 1980 cuando Carlo Petrini y un grupo de activistas se opusieron a la corriente de la comida estandarizada de consumo rápido. Este movimiento se llamó inicialmente slow food puesto que sus integrantes defendían las tradiciones regionales, la buena comida, el placer gastronómico y un ritmo de vida más pausado.

Con el paso del tiempo el movimiento slow se ha extendido a otros ámbitos. El movimiento slow persigue un mundo en que todos podamos acceder y disfrutar de comida saludable, comida buena para aquellos que la producen y para el planeta.

En el “Slow Food Manifesto for Quality” la comida de calidad debe:

  • Tener buen sabor, aroma para sentidos educados y competentes.
  • Ser limpia con el medio ambiente. Se deben utilizar medios de producción sostenibles que así lo garanticen.
  • Ser justa desde el punto de vista social. Se deben crear las condiciones de trabajo respetuoso y digno.

Pues bien, todo este movimiento slow se ha extendido al ámbito de los viajes para promover una filosofía centrada en la defensa de la diversidad cultural, gastronómica etc.

En un viaje slow:

  1. Se intenta escoger un destino viable para los días de vacaciones de que se dispone.
  2. Se buscan y a menudo se obtienen memorias más duraderas que las de un viaje “fast travel” porque se intenta conocer un lugar bien, centrándonos en la calidad en lugar de la cantidad, conectando con el lugar y su gente.
  3. Se intenta tomar el tiempo necesario para observar, disfrutar el momento y las cosas sencillas. Se intenta entender y comprender aquella otra realidad que estamos viviendo.
  4. Se intenta conseguir crecimiento personal con la inmersión en nuevas experiencias. Saliendo de nuestra zona de confort podemos convertirnos en personas más seguras de nosotros mismos, porque siempre hay dificultades y imprevistos en los viajes a los que tendremos que hacer frente.
  5. Se intenta buscar la mejor cara de la humanidad, al encontrar gente que se preocupa de lo que hace y de que están orgullosos de su cultura y herencia.
  6. A menudo se ahorra dinero puesto que alquilar por noches sale más caro que alquilar por semanas o meses un apartamento.

Bibliografía

  1. Bergareche, A. (2018). El movimiento Slow Travel o como viajar sin prisas. Disponible en: https://www.spanish.hostelworld.com/blog/movimiento-slow-travel-viajar-sin-prisas/ (accedido en mayo de 2018)
  2. Schlichter, S. (2017). The Art of Slow Travel. Disponible en http://smartertravel.com (accedido en mayo de 2018)
  3. Slow Food Manifesto. Disponible en: http://slowfood.com/filemanager/Convivium%20Leader%20Area/Manifesto_ENG.pdf (accedido en mayo de 2018)
  4. Wikipedia Movimiento Lento (2016). Movimiento Lento. Disponible en: https://es.wikipedia.org/wiki/Movimiento_lento (accedido en mayo de 2018)